El Universo de Stephen Hawking Cap 5 y 6
Por Juan Miguel
La Luna
Imagen actualizada por la USNO
El Sol
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Imagen actualizada por la NASA

En esta imagen óptica del telescopio espacial Hubble se ve al brillante quásar central PG 1021+008 interactuando con una galaxia compañera (abajo a la derecha). Ambos se hallan a 1.600 millones de años luz. La palabra quásar es una contracción de quasi-stellar y se aplica a estos objetos por su aspecto muy parecido al de las estrellas. Los quásares, objetos extraordinariamente luminosos, se distinguen desde distancias muy superiores a las de las galaxias ordinarias. Se supone que son los núcleos activos de galaxias jóvenes sumamente lejanas. En ellas emite radiación, según va cayendo hacia el agujero negro central, un disco de materia atrapada; esto es, un disco de acreción. En el ejemplo de la fotografía, la enorme fuerza gravitatoria del agujero negro deforma además la galaxia compañera conforme va tragándose sus materiales.
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Seguimos con la serie de documentales de Stephen Hawking. En esta ocasión el número 3 y 4. Espero que os guste.
Me alegra que gustase tanto el documental de la semana pasada.
¿No acecha nada más sustancial en el espacio poco más lejano a Neptuno? La pregunta ha intrigado a generaciones de astrónomos y, como resulta prácticamente imposible refutar la existencia de tal objeto, puede que todavía quede algún nuevo mundo frío por descubrir allí. Las primeras predicciones de la presencia de un noveno planeta mayor surgieron a poco del descubrimiento de Neptuno, en 1846. La posición del nuevo planeta se había determinado gracias a la perturbación que creaba en la órbita de Urano y que provocaba que su vecino interior se adelantase, o se atrasase, respecto a la posición prevista. Ahora, parecía que Neptuno se le podían achacar todas las irregularidades a la órbita de Urano.
Entre finales del siglo XIX y principios del XX, se efectuaron un sinnúmero de predicciones (William H. Pickering, del Observatorio de Harvard, llegó al extremo de sugerir la existencia de hasta nueve nuevos planetas, en 1909). Con todo, la más convincente y duradera de todas fue la del “Planeta X“, realizada por Percival Lowell, en 1915. Lowell incluso fundó Flagstaff, Arizona, un observatorio para investigar el planeta y, aunque falleció antes de que la búsqueda diera resultado, fue en Flagstaff donde Clyde Tombaugh, finalmente, descubrió Plutón en 1930.
Plutón se ubicaba cerca de la posición en la que Lowell predecía que se hallaría; sin embargo, desde muy pronto, el nuevo planeta resultó bastante decepcionante: era un mundo enano sin masa suficiente para perturbar a sus vecinos interiores, mucho mayores. Tombaugh y otros continuaron la búsqueda de aquel “Planeta X” y la cuestión ha vuelto a suscitarse esporádicamente desde entonces, respaldada por nuevos datos y cálculos. No obstante, la era de las sondas espaciales ha conllevado un mejor conocimiento de Urano y Neptuno, incluyendo una revisión crítica del cálculo de su masa. Poco a poco, ha quedado en clara evidencia que las órbitas de los gigantes gaseosos son perfectamente explicables sin necesidad de recurrir a la influencia de terceras partes. También se han descartado las esperanzas de que las sondas Voyager y Pioneer, camino de abandonar el sistema solar en la actualidad, pudieran revelar la localización del Planeta X gracias a desviaciones imprevistas de su trayectoria. Hoy parece que, si existe algún otro mundo de tamaño considerable en torno al Sol, tiene que estar muy lejano o seguir una órbita muy inclinada en relación a los demás planetas del sistema solar. Ninguna de las dos ideas casa demasiado bien con los modelos de cómo se formó el sistema solar, por lo que debería llegarse a la conclusión, poco estimulante, de que no existen más planetas mayores a la espera de ser descubiertos.
Los púlsares son estrellas de neutrones que giran rápidamente, que vemos como fuentes pulsantes de radioondas, con varios pulsos que llegan cada segundo. Ya hemos discutido el papel del momento angular en la formación de planetas, y también es importante aquí. Cuando el material de la estrella colapsa para formar la estrella de neutrones, se lleva momento angular, y de la misma forma que un patinador sobre hielo que junta los brazos a su tronco se acelera, también la estrella de neutrones en formación gira cada vez a más velocidad. Una vez que el colapso es completo, el púlsar rotará a una velocidad aproximadamente constante. Se conocen muchos púlsares que giran miles de veces por segundo. La mayoría de ellos debe de ser joven; las estrellas de neutrones se frenarán poco a poco con el tiempo.
¿Qué causa los pulsos? La emisión de material alrededor de la estrella de neutrones está canalizada en haces estrechos próximos a los polos del objeto. Cuando la estrella rota, estos haces barren la Tierra igual que el haz de un faro cruza momentáneamente por un barco que está lejos en el mar o un observador en la costa. Cuando el haz está apuntando hacia nosotros, nuestros telescopios detectan un pulso.
Los púlsares son los relojes más precisos del Universo; ocasionalmente hay temblores debidos a algunos procesos pobremente entendidos en el interior de la estrella, pero aparte de estos raros sucesos y el frenado durante largas escalas de tiempo, mantienen un ritmo perfecto. Proporcionan así laboratorios únicos para los astrónomos. En particular hay un raro sistema conocido como el púlsar doble del que hablaremos más adelante. Se ha informado de la presencia de planetas en órbita en torno a púlsares, sugiriendo que estos planetas son responsables de cambios minúsculos en la cronometría de los pulsos. Sin embargo, es difícil ver cómo podrían haber sobrevivido los planetas a la explosión que acompañó el nacimiento del púlsar.