Los primeros registros astronómicos

Podemos intentar ahora averiguar cuál era el conocimiento astronómico de aquellos tiempos. Desde siempre, el hombre ha dirigido su mirada hacia el inmenso firmamento y lo ha hecho no sólo maravillado, sino también temeroso ante lo desconocido. Para el hombre prehistórico el cielo está lleno de misterios y maravillas. Esto y sólo esto es el Universo: lo que sus limitados ojos alcanzan a ver, siendo la luz del Sol y el día siempre sinónimo de realidad. En el firmamento ve acontecer además los fenómenos más espectaculares y llamativos: las nubes, los rayos, los truenos y los vientos. Todos ellos parecen provenir de allá arriba. Esa claridad del día que le permite ver su mundo más inmediato y cercano da paso por la noche al Universo al que pertenece, un Universo que aparece ante sus ojos infinito y silencioso. Pocos elementos hay en la naturaleza capaces de llamar tanto la atención de los hombres primitivos como el cielo estrellado.

En la observación del firmamento siempre ha habido, incluso en la Prehistoria, dos hechos muy importantes que conviene señalar: por un lado, la constatación de la existencia de leyes naturales inmutables, y por otro la continua obsesión de localizar a seres sobrenaturales en el cielo. El Sol, la Luna y las estrellas son los principales objetos de culto de los pueblos primitivos y de las civilizaciones más antiguas. Los astros proyectan los mitos de nuestros antepasados, como los de casi todos los hombres que los suceden.
Al no existir registros escritos de los tiempos prehistóricos, la única manera de poder extraer alguna conclusión sobre esta época es el estudio y análisis de los hallazgos realizados en excavaciones arqueológicas y en las ruinas de sus templos y lugares de observación.

Lasca de huesoNo tenemos apenas información del pensamiento del hombre de hace más de 20.000-30.000 años. Sólo se han encontrado restos de herramientas, piedras afiladas, arpones, etc. Los primeros signos un poco más profundos del pensamiento humano se cree que datan de hace unos 20.000 años. De esa época se han hallado tumbas, lápidas funerarias y esculturas, en algunas de las cuales aparecen figuras de grupos reconocibles de estrellas. En los años sesenta del siglo XX, Alexander Marshack estudió centenares de fragmentos de huesos de animales de diferentes edades prehistóricas, algunos de ellos con 34.000 años de antigüedad, que correspondían por tanto a épocas en las que vivía el hombre de Cro-Magnon en Europa. Marshack concluyó que uno de los huesos, de 8.000 años de edad, contenía muescas que guardaban alguna semejanza con algún tipo de escritura y que representaban, en realidad, un registro de las fases lunares durante un periodo de seis meses. La semejanza existente entre ese hueso y otros ejemplares de mayor antigüedad, parece concluir que el hombre de Cro-Magnon se interesaba por las fases de la Luna.