La astronomía en China

Al igual que en otras civilizaciones, el origen de la práctica de la astronomía en China parece provenir de la idea religiosa de poder descubrir la armonía de la vida humana en el orden cósmico del Universo. Una leyenda dice que el primer emperador de la dinastía Xia, un ser mitad hombre y mitad dragón, ascendió a los cielos después de su muerte, hacia el año 2000 a. C., para convertirse en uno de los referentes celestiales de su pueblo. Sus descendientes posteriores se denominarían Hijos del Cielo.

Para describir la posición de una estrella en el cielo, los chinos dividieron la esfera celeste en 28 partes, como si fueran los gajos de una naranja. Estos sectores eran denominados Xiu. No eran iguales entre sí y cada uno de ellos poseía el nombre de una de las constelaciones que contenía. Se sabe que entre los años 370 y 270 a. C. se elaboraron tres listas de estrellas que fueron utilizadas en el año 300 d. C., antes de que se perdieran definitivamente, para construir un mapa del firmamento con 1.464 estrellas.
En China, el Polo Norte celeste era el lugar donde residía Yuhuang, «el Emperador de ]ade» del que se suponía que descendía el soberano que gobernaba en el imperio terrenal. Las cuatro estrellas que forman el trapecio de nuestra constelación de la Osa Mayor (en realidad el Carro) eran el trono del Emperador, mientras que las tres restantes, las de la cola, representaban su séquito de funcionarios. Es curioso que ya desde al menos el año 206 a. C., cuando comenzó la dinastía de los primeros Han, el Carro se representaba con ocho estrellas, en lugar de siete: la octava estrella es Alcor, compañera de Mizar (según las denominaciones árabes que han llegado a nuestros días). Alcor es una estrella muy difícil de observar a simple vista, lo que denota el interés y la atención con que los chinos escrutaron el cielo.

Con respecto al calendario, los chinos conocían el ciclo anual de 365 días, aunque más exactamente descubrieron un ciclo de 60 años constituido por 21.915 días. El año astronómico chino tenía entonces una duración de 365,25 días. El mes chino comenzaba con la Luna nueva y el año astronómico lo hacía con el mes que contenía el solsticio de invierno. No obstante, a partir del año 104 a. C., el año civil chino empieza dos meses más tarde, en febrero. El calendario civil, originalmente lunar (12 lunaciones de alternativamente 29 y 30 días, o sea 354 días), se acoplaba al año astronómico por el método de intercalar meses, de forma semejante al caso de los babilonios. Había años con 12 meses y otros con 13, lo que confería al calendario un carácter muy irregular.
La cosmología china no lo era propiamente en el sentido científico de la palabra. Se refería más bien a aspectos míticos y filosóficos del Universo. Las líneas básicas de estas creencias se plasman en varias concepciones distintas. En la primera, los cielos y la Tierra eran partes de dos esferas, siendo la Tierra la más interior. En esa hipótesis, que data de tiempos legendarios, la esfera de la Tierra tenía un radio de unos 100.000 kilómetros y la del cielo unos 150.000. Existe otra figuración fechada en el año 100 a. C., en la cual el cielo era como si fuera un huevo y la Tierra su yema. Los cielos estaban llenos hasta la mitad con agua y la otra mitad con vapor, y la Tierra permanecía flotando en el agua.

Cosmología China en el año 100 a.C

Ésta era la suposición generalmente aceptada al final de la dinastía Han (año 200 d. C.). La idea de la Tierra esférica no parecía afectar a las nociones astronómicas ni tampoco a las geográficas.
De hecho, los mapas chinos eran dibujados como si la Tierra fuese plana. Había una tercera teoría según la cual el Sol, la Luna y las estrellas estaban compuestos de vapor condensado y flotaban libremente en el espacio.

El desarrollo independiente de la astronomía china con respecto a Occidente terminó cuando China se abrió a la influencia occidental en el siglo XVIII. Muchas de las ideas astronómicas que se llevaron a China eran más adelantadas que las suyas, como por ejemplo el conocimiento del tamaño y forma de la Tierra, o las tablas de posiciones de los planetas y de la Luna. Sin embargo, algunas de las creencias cosmológicas de los chinos, que eran vistas casi con desprecio y desdeñadas por los occidentales que llegaron allí, probaron ser con el tiempo más correctas que las que éstos sostenían. Como muestra, esta frase del jesuita Mateo Ricci, escrita en 1595: «Los chinos piensan que no existe más que una esfera celeste, no diez como se cree en Occidente; y que en el espacio exterior sólo hay vacío y no aire, un vacío en el que, según ellos, se mueven las estrellas, en vez de estar sujetas al firmamento».