Seísmos o Terremotos

La materialización de los movimientos rápidos y bruscos de las fallas y fracturas que existen en la corteza terrestre se manifiesta a través de los seismos o terremotos. La sismología es la ciencia que estudia estos fenómenos. Las perturbaciones provocadas por las fallas se transmiten a través de las capas de la corteza terrestre. El desarrollo de un terremoto puede describirse, en esquema, de la siguiente manera: Cuando una zona en la que existe una fractura experimenta la acción de fuerzas capaces de mover grandes masas de tierra, la corteza comienza a deformarse dada su elasticidad.

Progresivamente, la deformación aumenta, aumentando al mismo tiempo las presiones, las cuales, cuando alcanzan un valor suficiente, se liberan desplazando la falla. Es en este momento, que se produce con mucha rapidez, cuando tiene lugar el seísmo, ya que las vibraciones se transmiten a través de la litosfera.
El punto del interior de la corteza donde se produce el seísmo se conoce como hipocentro, mientras que la zona de la superficie que se encuentra situada en el eje vertical del hipocentro se denomina epicentro, punto este último donde la sacudida se manifiesta, exteriormente, con una mayor fuerza. En función de la profundidad del hipocentro los seísmos pueden ser: superficiales, si se encuentra a menos de 70 km de profundidad; intermedios, cuando se sitúa entre los 70 y los 300 km; y profundos, cuando el hipocentro se desarrolla en zonas más internas.

El registro exhaustivo de los distintos terremotos ha permitido a la sismología situar la localización de los mismos, con lo que se ha puesto de manifiesto que aparecen concentrados en determinadas regiones de la Tierra. Las zonas en que se concentran coinciden y se encuentran directamente relacionadas con las áreas de localización de los volcanes. Pero su relación no es la de causa-efecto, sino que ambas manifestaciones son efecto de una misma causa: los fenómenos orogénicos.

Seismos o TerremotosEl estudio de los seísmos se realiza mediante unos aparatos llamados sismógrafos, los cuales registran las ondas que provocan los movimientos subterráneos. En si el esquema de un sismógrafo es sencillo; consta éste de dos partes: un receptor, que posee una masa pendular suspendida de un soporte fijado al suelo, y un elemento registrador, que puede ser mecánico, eléctrico u óptico, conectado al receptor y que capta su movimiento en relación con el suelo. Su objetivo es el de registrar gráficamente la duración, amplitud y dirección de los seísmos.
Las alteraciones quedan de esta forma recogidas en el papel entintado del sismógrafo. Tres son las fases que se pueden distinguir en un seísmo: la primera corresponde a las ondas preliminares o primarias, ondas P, longitudinales; éstas son seguidas por las ondas S, transversales o secundarias, caracterizadas por su movimiento perpendicular a la dirección de propagación de las ondas; la tercera fase corresponde a las ondas L, las más violentas, con una longitud y amplitud mayor que las anteriores.
Para medir la intensidad de un seísmo, A. Mercalli confeccionó una escala de doce niveles en la que se reflejaban los efectos y consecuencias de los terremotos en las concentraciones urbanas. En 1935, Richter introdujo la noción de magnitud de un temblor, permitiendo con ello medir objetivamente las sacudidas.